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Posted by : Unknown miércoles, 17 de abril de 2013


A fines del invierno boreal de 1996 apareció en las librerías de los Estados Unidos una novela gigante – la imagen de la tapa era de un cielo alegremente nublado. El título, en la parte superior de la portada y en una letra semitransparente, apenas se podía leer. En cambio, el nombre del autor —David Foster Wallace— en enormes letras negras y en mayúscula, ocupaba casi toda la superficie de la tapa. Si eras un avezado seguidor de las letras contemporáneas entonces, con seguridad  habrías oído hablar de Wallace, aunque posiblemente no lo hubieses leído. Wallace publicó una novela, bien recibida por la crítica pero poco vendida, en 1987 (The Broom of the System) y una colección de cuentos en 1989 (The Girl with Curious Hair). Pero si estabas allí, parado en una librería en 1996 —en Boston o Nueva York, o donde fuera que hubiese librerías buenas— viendo una enorme y prolija pila hecha de ejemplares de la nueva novela, Infinite Jest, te habrías preguntado un tanto perplejo, ¿Quién es este tipo?No faltaba mucho para que lo supieras. Infinite Jest (La broma infinita) hizo definitivamente famoso a Wallace, que en ese momento tenía 33 años. Ahora, casi dos décadas después, se puede afirmar sin dudas que es la última gran novela del Siglo XX.

Al igual que En búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust o Ulises de James Joyce, La broma infinita es uno de esos libros sobre los que todo el mundo habla sin haberlo leído necesariamente. Intimida por varios motivos. Primero, son más de mil páginas. Segundo, la narración está repleta de pies de página (388, para ser exactos), las cuales son un pequeño libro en sí mismo. Además, su reputación de “clásico moderno” —y de material de lectura predilecta entre la gente cool y los hipsters— le juega en contra. Un lector virgen podría acercarse a La broma infinita con una actitud seria y reverencial. Sería un gran error, porque es una novela profundamente cómica e irreverente.

Por más compleja que parezca en un vistazo inicial, La broma infinita no es una novela complicada. Situada en un futuro cercano, en el cual Canadá, los Estados Unidos y México se han unido en un superpaís -en el que los años tienen el nombre de sponsors comerciales- relata tres mundos que se cruzan y se intercalan. Uno es el de una academia de tenis en un pueblo muy cercano a Boston. Otro es el de los miembros de una casa de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos que esta ubicada muy cerca de la academia de tenis. El tercero es el que componen la búsqueda de dos agentes secretos canadienses, que -ubicados en el desierto de Arizona- buscan una película que se distribuye clandestinamente en videocasete. Esa película se llama, justamente, La broma infinita, y es literalmente mortal. Nadie la visto porque cualquiera que la ve se queda tan hipnotizado que no puede hacer nada salvo mirarla y termina por morir delante del televisor.

Sin entrar en detalles, y dirigiéndonos principalmente a lectores ansiosos pero temerosos de leer la novela, podemos asegurarles que es, antes que cualquier otra cosa, una novela muy divertida. No es un libro pretencioso que exhibe la erudición del autor. Tiene algo de Salinger y algo de Pynchon. Sería imposible filmarla, pero alguien que podría hacerle justicia –por lo menos al fragmento de la academia de tenis- es Wes Anderson. Tiene ese tipo de bello hiperrealismo y humor discreto y bizarro. Es absurda y a la vez realista. Trata enormes temas —como el agotamiento de la imaginación en una cultura bombardeada por incesantes entretenimientos vacuos, o las gigantescas dificultades de salir de la adicción — pero al mismo tiempo, es una novela cómica, de las pocas que te puede hacer reír a carcajadas: como Tristram Shandy o La conjura de los necios. Además tiene un enorme elenco de personajes menores cuyos nombres, solamente, inspiran ternura y risa: Ortho Stice, Gerhardt Schtitt, LaMont Chu, Gene Fackelmann, Petropolis Kahn, Mildrid M. Bonk, Stokely Darkstar, y Madame Psychosis, para nombrar solo algunos.

David Foster Wallace se crió en una casa alegre, en Champaign, Illinois, junto con una hermana menor, y dos padres muy intelectuales. Su padre, un profesor de filosofía en la universidad d e Illinois, fue alumno de un alumno de Wittgenstein. De adolescente Wallace era buen atleta – abandonó el futbol americano (porque no le gustaba golpear a las personas) por el tenis (fue un jugador poco ortodoxo pero muy bueno). Le gustaba la marihuana y era excelente alumno. Fue a la universidad de su padre, Amherst, pero se sintió muy solo, aunque tenía un grupo de amigos íntimos. Acosado por una violenta depresión volvió a su casa después del primer año de estudio. Un año después, volvió a Amherst y terminó recibiéndose con los más altos honores, estudiando filosofía y literatura. Su tesis para letras fue una novela, que terminó siendo, unos años después, su primera novela publicada. Hace poco se editó también su tesis para el grado de filosofía.

Wallace luego asistió a la universidad de Arizona para hacer un posgrado en escritura creativa. Allí se convirtió en un alumno difícil – de los que desprecian a los profesores por idiotas. Esos idiotas, por su parte, lo despreciaban a él –hasta que publicó The Broom of the System. El resto de la vida de Wallace, aparte de escribir, fue marcado por la vida universitaria (fue profesor), la adicción a las drogas (de la cual se recuperó) y la depresión (que nunca lo abandonó).

Tras un intento de vivir de la escritura en Boston y drogarse y beber a niveles autodestructivos, recibió una beca completa para el programa doctoral de filosofía en Harvard. Duró poco tiempo. Acosado por otra violenta depresión, fue a los servicios médicos de la facultad para avisarles que tenía miedo de matarse. Fue internado inmediatamente en el hospital psiquiátrico McClean, (donde también se habían internado escritores como Sylvia Plath, Robert Lowell y Anne Sexton). Se recuperó, pero la depresión estuvo en el centro de su vida siempre y, al final, fue también la causa de su muerte.

Salvo unos breves intervalos en los que se dedicó exclusivamente a escribir, Wallace se ganó la vida dando clases universitarias de escritura creativa. Pero el antes y después de su vida fue la publicación de La broma infinita. Entre 1996 –la fecha de publicación de su mayor obra- y el 2008, el año de su muerte, Wallace escribió cuentos y brillantes crónicas periodísticas, pero su meta siempre fue volver a la novela. Tal vez no solo lo agotó el éxito de La broma infinita, sino que agotó todo su material autobiográfico en ese libro. De hecho, para escribir su novela póstuma –e incompleta- estudió contabilidad por años. El rey pálido se trata de un agente de la oficina de recaudación de impuestos de los Estados Unidos. Wallace pudo hacer de un tema tan árido una novela bella – pero nunca lo convenció. Describió su esfuerzo por escribirla como un intento por armar una casa de tablones de madera liviana en una enorme tormenta de viento.


Hoy David Foster Wallace tendría 51 años recién cumplidos (nació el 21 Febrero de 1962). En estos tiempos de prolongada juventud, es una buena edad para ser un autor. Cormac McCarthy, Philip Roth y Thomas Pynchon escribieron grandes libros después de sus 50 años. Pero David Foster Wallace solo llegó hasta los 46.

El 12 de septiembre del 2008 se suicidó —ahorcándose en el garaje de su hogar en California, donde tenía su estudio. Aparentemente, había ordenado sus papeles y archivos meticulosamente antes del acto final.

Visto desde afuera, la muerte de David Foster Wallace parece totalmente innecesaria. Hasta el final fue una persona muy amada, no solamente por sus lectores, sino por su círculo íntimo: sus alumnos, sus padres, su hermana y su esposa. Los libros de Foster Wallace, además, son libros llenos de alegría. De alegría existencial, de alegría narrativa (la alegría de contar cuentos) y de alegría intelectual. Y sin embargo, al mismo tiempo  —dado el terrible final de David Foster Wallace— están atravesadas por una aplastante tristeza.

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